Glorio se ha ido y hay que encontrarlo, no sabemos nada de él, pero contamos con la magnífica capacidad de mis neuronas para leer entre líneas, interpretar sus huellas y seguir su rastro. Puede que el camino sea largo, pero confiad en mí, le atraparé.


jueves, 10 de marzo de 2011

Capítulo IV

“Glorio está en Georgia”

Era muy fácil de decir pero llegar a ese país desde la Capadocia, con nuestro presupuesto, no era moco de pavo.

Amelia y Robert, el hippie alemán, habían decidido que la mejor manera para llegar a nuestro objetivo era pasando por Ankara.

_ Robert dice que es más largo, más interesante y más entretenido…pero sobre todo más barato.

A mí la idea no me convencía, me opuse como de costumbre: usando argumentos infalibles y una retórica impoluta.

_ No creo que un hippie sea alguien de fiar Amelia…y la historia ya nos ha demostrado de qué son capaces  los alemanes… ¿Qué podemos esperarnos de este…? ¿de este...?

Como respuesta a todos mis esfuerzos solo obtuve una ráfaga de miradas inexplicablemente acusadoras de Amelia y la expresión extrañada del aludido, que no entendía ni pizca de español, pero que antes de comprender nada ya suponía que lo que yo decía era una tontería.

La verdad es que no quería enfadarme con nadie y acepté.

El viaje en autobús fue largo, doce horas cruzando la noche por una autopista casi desierta. Al llegar a Ankara estaba amaneciendo, el cielo era una mezcla de colores violáceos, no había casi gente en la calle, hacía frio y apenas había ruidos. La primera impresión que me dio ese lugar fue que era una ciudad gris.

Según Robert, Ulús era el barrio idóneo para encontrar alojamiento.  Pasamos por una docena de pensiones hasta que la parejita encontró una de su gusto, una lo suficientemente aventurera. Costaba lo mismo que la primera, unos doce euros la habitación, pero estaba mucho más sucia.

_ ¡Pero si cuesta lo mismo que la primera!

El prusiano me miró con el entrecejo torcido y media sonrisa durante una milésima de segundo, me dio la espalda y cogió su mochila para dirigirse a la nueva habitación.

Amelia me volvió a taladrar con la mirada y esperó a que Robert desapareciera.

_ Es una pena que no entiendas alemán, podrías aprender mucho de Robert…

Iba a contestar pero Amelia levantó aun más la voz.

_ Él no tiene problema con dormir en cualquier lugar…es libre ¿sabes?...es… es ¡un alma libre!

“¿Un alma libre?”

Pensé en una respuesta a eso e iba a decirla en voz alta pero Amelia ya estaba subiendo a la habitación.

Me giré desorientado y los dos recepcionistas turcos me miraban al borde del ataque de risa. “lo que faltaba” pensé. Me dirigí a la habitación resignado.

Amelia estaba sentada en la cama con su nuevo amigo, yo me metí en el baño y cerré.

Una cucaracha se espantó cuando encendí la luz, la bombilla desnuda parpadeaba y mostraba de forma intermitente los azulejos mugrientos y un agujero en el suelo, que supuse que era el wáter, de la pared asomaba un tubo oxidado, la ducha, no había lavamanos.

Las risas de Robert y Amelia provocaron que centrara mi atención hacia ellos.

_¿Qué pasa?_ pregunté desde el otro lado de la puerta.

_Robert tiene un plan_ respondió Amelia entusiasmada, amable, como si no acabara de gritarme.

Salí del baño, el alemán había desplegado un mapa arrugado de Turquía y estaba marcando algo con un bolígrafo.

_Podemos llegar a Hope, la última ciudad antes de llegar a Georgia, sin pagar ni un céntimo.

La miré levantando una ceja.

_Dice que podemos ir andando, cabalgando, haciendo autoestop…pero que conoce a un amigo que hace dos años cruzo Turquía sin gastarse ni un céntimo… ¡¿no es estupendo?!

No podía creerlo, menuda sarta de despropósitos. He de confesar que la idea me aterraba y que el sentido aventurero que ellos parecían compartir a mí no me inspiraba ninguna tranquilidad, de todas maneras lo que más me envenenaba era que Amelia decía amén a todos los sermones del recién conocido. 

_Y no crees Amelia, que si seguimos ese modus operandi nunca encontremos a Glorio.

Todos nos sorprendimos de la sensatez de mi argumento, Amelia parecía dudar pero finalmente respondió.

_No, no lo creo, yo creo que es la mejor manera de encontrarle.

Se hizo el vacío, no entendía nada. Simplemente me puse una bufanda y me fui de la habitación, ese alemán me estaba robando a la repelente de Amelia y no sabía qué hacer. Buscaría a Glorio por mi cuenta, le encontraría, recogería a Amelia y volveríamos a casa.

Bajé hasta la recepción y miré a los dos empleados del hotel. Uno estaba tras el mostrador de madera descorchada leyendo una revista y el otro estaba sentado en uno de los sofás marrones, que antaño habían sido burdeos, mirándose algo en los zapatos. Se irguieron de golpe y me saludaron con una sonrisa.

Uno de ellos se acercó a mí y empezó a hablarme en turco.  Me sentía como me había sentido en el gran Bazaar de Estambul, solo y desamparado. No le contesté y me fui, escapando de la situación y rezando casi por tropezarme de pronto con nuestro amigo desaparecido.

La calle del hotel era ancha, con mucho asfalto y ningún árbol, torcí a la derecha. No había casi nadie andando a esas horas por las aceras, eran las siete de la mañana.

Noté que uno de los recepcionistas me gritaba algo a solo algunos metros por detrás, aceleré el paso asustado. Un coche destartalado pasó a toda velocidad perdiéndose a lo lejos. El hombre volvió a gritar, estábamos solos en la acera, aligeré más el paso para alejarme pero notaba que él hacía lo propio. Cada vez estaba más cerca y yo estaba a punto de echarme a correr.

El frío se colaba en mis entrañas y el miedo me hacía temblar, respirada cada vez más deprisa.

“¿Dónde coño te has metido Glorio?”

El recepcionista me cogió del brazo con fuerza, hasta detenerme bruscamente. Intenté librarme pero el alzó la voz hasta dejarme congelado:

_¡Hey!, ¡hey!, !hey!

Me giré y encontré unos ojos azules detrás de una gran nariz turca, mirándome con severidad.

De pronto se formó una sonrisa en sus labios y me enseñó mi bufanda, se me había caído en la escalera.

Le miré avergonzado y me dio una palmadita en la espalda. Estuvimos un rato así, en la calle, observándonos. No sabía cómo salir de la situación, le di las gracias, en español, pero el hombre seguía ahí. Se me ocurrió que podía preguntarle desde dónde podría acceder a internet, era una escusa para librarme de él.

No funcionó. Entendió a que me refería y se ofreció para acompañarme.

Encaminamos la avenida hacia dónde él me dirigía. Yo seguía tiritando a intervalos irregulares, el hombre se dio cuenta y me paró con un golpe seco en el pecho. Volvió a asirme del brazo y me hizo entrar por una puertecilla oscura.

En el local había media docena de mesas llenas de hombres que se escondían detrás de una enorme cortina de humo. Todos fumaban y bebían té mientras jugaban a algo que yo no entendía. Como no había sitio el recepcionista me acercó a la barra y miró al camarero. En pocos segundos nos pusieron delante dos vasos de cristal con té hirviendo.

_Mustafá.

Le miré extrañado y repitió la palabra señalándose a sí mismo.

Mustafá me obligó a beber, el té estaba amargo pero sentí como mi cuerpo se templaba. En un cuenco había terrones de azúcar duro, mi nuevo protector me enseñó a ponerme uno entre los dientes y volvió a insistir para que bebiera, el sabor de la infusión mejoraba notablemente con ese sistema.

Tiró unas monedas encima de la barra y volvió a conducirme a la salida.

Ya no hacía falta que me agarrara del antebrazo para que no me separara de él. Seguimos caminando en silencio, unos cientos de metros. Poco a poco las calles iban llenándose de vida, cada vez había más tráfico y muchos tenderos empezaban a montar puestecitos de todo tipo en las aceras.

De vez en cuando Mustafá me miraba de reojo, pero su expresión era serena, paciente.

De los tonos violáceos del amanecer el cielo había pasado a ser de color oscuro amenaza. Los dos tuvimos que entornar nuestras miradas para resguardarnos de las fuertes rachas de viento que, de pronto, nos regalaba la inmensidad.

Calló el primer copo, lo vi sobre mis zapatillas oscuras. Alcé la vista y vi que una danza de compañeras heladas volaba por los aires hasta postrarse en lo primero que encontraban, empezaba a nevar, primero suavemente.

En pocos segundos una avalancha de gotas petrificadas en blanco empezaron a cubrirlo absolutamente todo.
Yo solo llevaba encima un jersey de lana y la bufanda, en pocos segundos me calé por completo. Mustafá me invitó a adéntrame en un portal para resguardarnos.

_¿Internet? _ me preguntó con media sonrisa, mientras se arreglaba el abrigo.

_¡Achús!_ respondí, me iba a recuperar para responde algo mejor pero_ ¡Aaachús!

Mustafá se rio y volvió a invitarme a acompañarle, esta vez corriendo, le seguí.

Se detuvo frente a una gran puerta, custodiada por dos leones asiáticos que vigilaban a ambos lados bajo y me apremió a entrar.

Entramos en un recibidor minúsculo y congelado en el que había una ventanilla y una puerta cerrada. Mustafá golpeó  el cristal con los nudillos hasta que apareció una turca con cara de pocos amigos. Hablaron y mi amigo le dio unos billetes.

Apareció un hombre por la puerta y nos dijo con un gesto sutil que le acompañásemos, bajamos unos escalones y nos encontramos en un recibidor más grande y más cálido revestido de mármol beige. Nos indicó otra puerta con la mano y nos adentramos. Era un vestuario.

Mustafá se desnudó y se cubrió con una toalla mientras sonreía emocionado, esperando lo que fuese que tuviéramos que esperar. Al principio dudé, pero mi ropa estaba empapada y congelada.

La toalla estaba caliente y el ambiente era agradable, Mustafá se dirigió a otra entrada y desapareció, yo le imité. Mis pies desnudos se encontraron con un suelo cálido revestido del mismo material que todo lo demás, mármol beige. La sala tenía forma circular y los techos eran muy altos. Había varias camas de esa piedra semipreciosa y sobre algunas de ellas había hombres estirados, algunos conversaban entre ellos y otros simplemente se relajaban con un masaje. Uno de ellos era Mustafá.

Me acerqué a él, me miró con cara de infinita satisfacción y me sonrió. Esperé a que unas manos sin rostro empezaran a masajear mi piel, empecé a sudar y a relajarme...

“¿Por qué se habrá ido Glorio? ¿Valdrá la pena buscarlo? Cosas como ésta me dicen que sí, que vale la pena.”


      “¿Y ese hombre, Mustafá? ¿qué consigue con todo esto?.... Su sonrisa lo dice todo”

      ”Amelia…”

      “Amelia…Le llevaré una taza de chocolate caliente cuando vuelva”


Y ese último pensamiento hizo que yo también sonriera.

Al cabo de una hora de satisfacciones y baños de vapor volvimos al vestuario, me duché y me vestí con la ropa limpia y seca que algún empleado había dejado en mi casilla. Pese a nuestras dificultades comunicativas: yo solo hablaba español y él solo hablaba turco, pudimos explicarnos muchas cosas.

Me contó que le había divertido como me había tratado Amelia y la cara que yo había puesto. Yo le conté que su hotel apestaba, él asintió. Aun y así, continué, su trato suplía con creces las deficiencias de la habitación que nos había dado. Su sonrisa ante esas palabras era franca.

Parecía mentira que el mundo frío y hostil que habíamos dejado fuera pudiese seguir existiendo, pero existía. La nevada había frenado pero el cielo seguía encapotado, empezamos a andar.

_¿Internet?_ comentó Mustafá con una sonrisa pícara. Yo asentí.

Volvimos al hotel sorteando montones de nieve virgen, al llegar a la entrada se paró y respiró hondo. Puso su mano sobre mi hombro y, antes de entrar en su recepción,  me señalo un local de internet que estaba a solo veinte pasos.   

Sonreí, Mustafá solo quería pasear conmigo.

En el cibercafé me dieron un ordenador que funcionaba francamente bien, aunque el teclado turco era horrible para un español, como todos los que me encontraría en el viaje.

De forma automática abrí varias páginas rutinarias. Nada nuevo, una tal Natie Barcelona, que no sabía por qué era mi amiga, había ido a una discoteca el viernes, alguien estaba viajando por Perú y un colega se había rapado el pelo ante la admiración de decenas de “comentaristas”.

Solo un mensaje en mi correo me llamó la atención: “sin asunto” y de “remitente desconocido”.

!Era de Glorio!



Estoy de camino a Hope, en algunos días cruzaré la frontera.

Nunca me olvidéis, nunca me abandonéis.


“¡A ha! el alemán no iba del todo desencaminado, está yendo a Georgia ¡y nosotros vamos a Hope!”. Pagué y salí corriendo en dirección a la habitación, me paré frente al hotel. Faltaba algo. Miré a mi alrededor y encontré un puesto de chocolate caliente.

Empecé a subir las escaleras entusiasmado, pero con cuidado, el vaso de cartón aun quemaba.

Abrí la puerta de una patada.

_ !Amelia!_ dije emocionado.

El alemán la rodeaba con los brazos, se estaban besando.

Es difícil de imaginar a un valiente soldado escapando de la batalla, no hay razón que entienda lo incomprensible, pero como reza el refrán árabe: "en momentos de oscuridad es cuándo mejor se ven las estrellas".  Y no, esta vez no... no tiene ningún sentido... no os voy a engañar.

Seguiré buscando a mi amigo, al querido, a Glorio. Él me lo pidió. Pero sinceramente, esta vez, creo que está más lejos que nunca.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Capítulo III

El autobús entró en un tramo de la carretera sin asfaltar.

_ A quién madruga Dios le ayuda...

Con esas palabras Amelia pretendía ser compasiva conmigo. Yo sabía por qué las decía y eso me indignaba aun más.

El bus que nos dejaría en Göreme, Capadocia, tardaría doce horas en cubrir el trayecto, habíamos salido de Estambul a las cinco de la tarde por lo que mis privilegiadas neuronas habían calculado que llegaríamos a nuestro destino muy tarde.

_ ¿A quién madruga Dios le ayuda? _ repetí exasperado, mirando a Amelia sin pestañear, mientras buscaba las palabras adecuadas para responder.

Sabía que había un dicho que contradecía rotundamente esa afirmación, y esta vez me negaba a darle la razón. Algo estaba cambiando dentro de mí, porque ahora me sentía muy humillado cuando me equivocaba delante suyo y me sentía enormemente orgulloso cuando me daban la razón en su presencia. 

No sabría definir en que consistía esa extraña y vergonzosa sensación, pero no era odio, ni rabia, ni rencor...en fin, eso en esos momentos daba totalmente igual, quizás con un par de antibióticos se pasaba.

Lo que de verdad importaba llegados a ese punto era encontrar la frase que me daría la victoria en esa discusión.

_ No por ayudar..._ me aventuré, pero no era así, así que corregí el principio_ si madrugas mucho pues..._ paré y me rasqué la cabeza_ al madrugar por la mañana...una...viene y te come y...

Tampoco, no había manera.

Cerré los ojos e hice mucha fuerza con la sien, apreté las abdominales y me incliné hacia adelante aguantando la respiración, para ver si así conseguía recordar el dicho, fue entonces cuando Amelia empezó a reírse de forma contenida pero hiriente.

_ ¡Basta Amelia!,_ le grité y me levanté bruscamente.

Por suerte quedaba un asiento libre en el autobús, me tambaleé por el pasillo hasta llegar a él.

Mi nuevo compañero de viaje, un viejo de pelo cano, parecía profundamente dormido.

_ He de conseguir que Amelia me tenga más en cuenta _ me dije a mi mismo, en voz baja.

El tipo de al lado hizo algo parecido a un puchero, abrió la boca como para decir algo, babeó un poco y siguió durmiendo.

" Quizás si vuelvo a su lado y me disculpo" seguí razonando. " A lo mejor...si reconozco que no me sabía del todo el dicho y que he sido un poco orgulloso..." Respiré hondo y miré por la ventana, la cara del viejo se reflejaba en el cristal. 

" Amelia se merece un poco más de consideración...debería escucharla más...a veces sus bla blás son... interesantes"

Un bache hizo que todos los pasajeros del autobús despegáramos nuestras nalgas de los asientos durante unos momentos, alguien soltó un gritito y yo me olvidé por completo de mis últimas reflexiones.

" La rabia... ese es el camino" concluí "que Amelia se muera de rabia... la ignoraré y me echará mucho de menos, así cuando yo me acerque a ella me lo agradecerá de por vida y nunca más me llevará la contraria ja ja ja... una estratagema perfecta, sin fisuras".

El hombrecillo de al lado se estaba despertando, me miró desconcertado y se rascó la cabeza. 

"Oh, y si encima hago nuevos amigos Amelia se morirá de envidia". 

_ ¡Hola!_ me apresuré en decir con la más encantadora de mis sonrisas. 

_ Hi...yah...hola

Al principio pensé que su extraña forma de hablar se debía a algún tipo de problema de dicción, pero no, Frank, mi nuevo mejor amigo, era holandés.

_ ¿Ser primerra vez en la Capadokia?

_ Sí, primera, ¿y usted ?

Frank tenía al menos ochenta años, aunque nunca se lo pregunté. Era fotógrafo, y había estado en cientos de lugares que, por supuesto, alguien civilizado como yo no sabe dónde están.

_ ¡Nein! cuarrta vez en Capadokia, la primerra hace ya treinta años.

_ Sí, yo también soy un gran viajero, llevo meses recorriendo el mundo.

En realidad llevaba poco más de una semana fuera de casa, pero pensé que no pasaba nada si exajeraba un poco.

_ ¿Y dóndah has estado?

_ Bueno...je je...en muchos sitios Frank, pero el que más me ha gustado ha sido Estambul, es un lugar poco conocido, nunca ha pasado nada realmente importante por ahí, pero vale mucho la pena...

_¡O, yah!...Istanbul...

Cuando el autobús se detuvo y encendieron las luces de cabina, el reloj digital del pasillo indicaba que eran las cuatro y cincuenta y tres de la mañana. En algún momento me había quedado dormido y en ese punto costaba muchísimo despertarse. Miré a Frank con evidente cara de mal genio, me abrigué y sin decir nada me bajé.

Recogí mi maleta y seguí a Amelia a una distancia prudencial, así dejaba claro que no quería saber nada de ella.

Frank también se hospedó en nuestro Guest House, me lo encontré en la cafetería.

_ Yah..._ se dirigió a mí _He alquilado automovilen, voy a sacar fotografien a las cuevas, si tú querer venir...

Yo estaba muerto de sueño, pero Amelia estaba en la habitación durmiendo, así que acepté la invitación, mi plan seguía adelante.

El coche que Frank había alquilado avanzaba con dificultades por el camino de tierra.

Mientras conducía, el experimentado holandés me contó que antes, hacía tan solo unos años, ni siquiera existía esa rudimentaria carretera, que la Capadocia se había vuelto muy popular y que, sin duda, eso la quitaba algo de encanto.

De pronto paró en medio de ninguna parte y me miró divertido.

_Yah... hemos llegado.

Nos bajamos y nos quedamos mirándonos el uno al otro.

_ Wellcomen al Pennis Valley _ me dijo contento, extendiendo los brazos hacia arriba y mirándome, como esperando una respuesta.

Yo no dije nada. 

_ ¡Al Pennis Valley! _ repitió.

Yo seguía sin comprender.

_ Pennis en inglés es Pene y Valley es valle _ me explicó, levantó un brazo y me señaló algo en las alturas.

Yo seguí su mano con la mirada y lo entendí todo.

En efecto, "el valle de los penes". Estábamos rodeados de enormes penes de piedra. Así era esa parte de la Capadocia, un extenso desierto de tierra rojiza en el que se levantaban orgullosos, apuntando al cielo, enormes miembros masculinos.

Frank me explicó que en esas enormes columnas de piedra habían vivido pueblos enteros hacía siglos y me enseñó lo que parecían ventanas y puertas trabajadas en la roca.
Mientras él sacaba fotos, yo seguía mirando fascinado al rededor, aquello era infinito, era como una inmensa ciudad de rascacielos de piedra que se extendía hasta más allá del horizonte.

Seguimos andando por las "calles" de esa antigua civilización y pasaron las horas. Frank seguía hablando y contándome muchas, muchísimas cosas interesantes. Tantas que pronto se convirtieron en bla blás, muy parecidos a los de Amelia pero con acento holandés.

El cansancio acumulado no tardó en llegar. Yo confiaba en que, debido a su edad, el viejo se fatigara pronto y decidiera volver, pero no fue así. Caminamos y caminamos, oscureció y seguimos caminando, yo no dije nada, mi orgullo me impedía reconocer que me había cansado antes que un octogenario.

Tenía frío y hambre, y sueño, y además ese viejo ya me había cansado, era aburrido y hablaba raro, lo único que me consolaba era pensar que todo tenía un fin, Amelia. Me separé unos metros de él y empecé a lloriquear para mis adentros, maldiciendo mi suerte y mi situación.

Hasta que llegó el momento.

_ La luz ya no ser gutten para las fotografien.

_ ¿Seguro Frank? ¿ya quieres volver?

_ Yah, yah...tú eres joven pero....

Dejé de escucharle.

En el trayecto de vuelta casi no hablamos, yo estaba agotado, como si hubiera estado trabajando todo el día, pero estaba contento, como si se acercara el día de recibir el primer sueldo.

Por fin volvería junto a Amelia, que sin duda me habría echado mucho de menos y que sin duda se tiraría a mis brazos, pidiéndome que nunca más la dejara sola.

Una sonrisa se dibujó en mis labios, era el momento de recoger los frutos de mi ingeniosa pero difícil tarea. Frank aparcó en frente de la Guest House,

Tuve que controlar mi estado de excitación y fuí a la habitación pausadamente, midiendo cada movimiento y conteniendo mi felicidad, Estaba a punto de entrar en el dormitorio cuando vi a Amelia, sola, de espaldas a mi posición, sentada en la cafetería.

Di algunos pasos en su dirección, apenas podía controlar mis piernas por la emocion, cada vez estaba más cerca, solo quedan unos metros, unos palmos...

Un golpe en la boca del estómago me detuvo en seco.

Un chico con rastas se acercó a ella, le sonrió y se sentó en frente suyo, charlaban alegremente " ¡pero qué ... !", me acerqué rápidamente hacia la mesa, con pasos apresurados.

_ ¡Amelia!

Ella me miró, dio un sorbo a su chocolate caliente y me contestó de forma inusualmente encantadora:

_ Te presento a Robert, es alemán..._ miré al joven rubio que estaba sentado en frente, de ojos brillantes, sonriente,  con una abundante mata de cabello "ordenada en churros de pelo", de aspecto seductor

_ Estamos de suerte_ continuó ella_ sabe dónde está Glorio.

Iba a contestar a eso, pero Amelia siguió hablando.

_ Está en Georgia...

"Me da igual dónde esté eso mientras esté lejos de este...este...este hijo de la gran Prusia!"

_ Dice que nos acompaña a buscarle.

En toda la conversación el Alemán ni siquiera me miró.


Y así es como el azar quiso mover la aguja de nuestra brújula en dirección a Glorio. Que nadie se apure, he solucionado rompecabezas más complicados y retorcidos que éste, en una ocasión terminé un puzzle de veinticinco piezas, era del Rey León, tuve que quitárselo a mi sobrino pequeño. Pero eso es solo una minucia en comparación a la cordillera de éxitos que puedo mostraros, no hay ninguna duda, en breve os traeré de vuelta al esperado, al deseado, al desaparecido...a Glorio.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Capítulo II

Amelia me miraba mientras yo me comía todo lo que habían ido poniendo encima de la mesa.

_Esto es inhumano Amelia_ dije con la boca llena_ puedo soportar dormir en un dormitory con dos alemanas obesas que roncan..._paré para beber un poco de té_ supongo que con el tiempo podría llegar a ignorar por completo los cantos estridentes de las mezquitas_ me detuve unos segundos y suspiré afligido.

Continué:

_Podría acostumbrarme, incluso, a esta austera y pobre gastronomía_ señalé lo que quedaba sobre el mantel: varios tipos de dulces turcos, crepes saladas y dulces, french toast con miel o mermelada, algo parecido a unos churros, chocolate con pistacho, tres variedades de kebab, té y café, nada más_ Levanté la mirada y comprobé si Amelia seguía atenta...

_Lo que no voy a tolerar es que nadie me obligue a hablar otro idioma, con los dos que sé me basta, serás mi traductora de ahora en adelante.

Amelia hablaba inglés y ruso, además de sus dos lenguas maternas.

En el tranvía que debía acercarnos a las embajadas de India y Mininistán, o algo así, Amelia no paró de hablar sobre la extensa historia de Estambul, a veces señalaba por la ventana y decía cosas como "mira! la Hagia Sofía, fue ...bla bla bla... catedral de Constantinopla entre los siglos IV y XVI". Yo la miraba con aparente interés, era un viejo truco, pero en realidad sus palabras se iban difuminando, poco a poco, hasta fundirse por completo con todo lo que nos redeaba para acabar en un ronroneo inaudible e insignificante.

Mientras ella hablaba sin que yo le prestara ninguna atención me dediqué a observar lo que me rodeaba. La verdad es que Estambul era una ciudad mucho más moderna de lo que me había imaginado, hay coches, carreteras, agua mineral y de todo. De pronto decidí que debía investigar, quizás había alguna pista que nos acercara a Glorio, empecé a hacer mis deducciones a partir de complejos cálculos.

En cada estación se subían entre once y catorce personas, de las cuales solo un tercio, aproximadamente, eran mujeres, el resto eran hombres. Por otro lado siempre se bajaban entre nueve y doce personas del mismo tipo de las que subían. Teniendo en cuenta que, más o menos, una cuarta parte de la mujeres del total del pasaje llevaban velo y que el resto se dividía, a su vez, entre turistas de países occidentales y turcas más liberales, y que en cuanto a los hombres, algunos tenían los ojos claros y otros los tenían oscuros, en una proporción de veinte - ochenta, podemos concluir que:

"ésto = no te va a ayudar a encontrar a Glorio."

_ummm..interesante_ dije en voz alta, refiriéndome a mis deducciones internas.

A lo que Amelia respondió, pensando que respondía a alguno de sus bla blás:

_ Sí, todos en Turquía respetan a Ataturk por eso.

_ Ataturk eh?, nunca he jugado, ¡Amelia! nuestra parada...

Ni en la embajada de India ni en la otra supieron decirnos gran cosa acerca del paradero de Glorio por lo que Amelia propuso ir a algún punto de interés turístico de Estambul.

_Quizás encontremos alguna pista que nos conduzca hasta Glorio _ me comentó_ estamos cerca de decenas de monumentos y lugares que quizás hayan llamado la atención de nuestro amigo_ una chispita hizo que sus ojos brillaran_ a solo tres paradas está el Gran Bazar y un poco mas allá_ levantó el brazo visiblemente entusiasmada y señaló al horizonte_ hay varias mezquitas, cruzando el puente está la plaza de Taxim y si cogemos el ferry podemos visitar el lado asiático de la ciudad y....

_ Emmm..._la interrumpí, sabía que ese tipo de cosas eran como una droga para Amelia_ ..de momento vamos al Bazar, está aquí al lado...no?

Y sí, estaba cerca, volvimos a subirnos al tranvía y en apenas un cuarto de hora estábamos plantados frente a las arcadas que separan las entrañas del edificio del resto de Estambul. El Gran Bazar debe ser un edificio importantísimo porque alrededor había una multitud considerable.

A base de empujones y codazos pudimos entrar. No dimos ni dos pasos cuando Amelia empezó a avanzar inexplicablemente deprisa.

_¡Amelia! ¡Amelia!, ¿qué haces? ¡ven aquí!

La intenté coger del brazo pero era inútil, no había nada que hacer, ella seguía hacia adelante de forma implacable, levanté la vista y comprendí, todo encajaba: había una chocolatería turca a unos metros de nosotros.

Había demasiada gente, la muchedumbre no dejaba que yo pudiera atraparla

_ Maldita sea, ¡¡¡Ameliaaaa!!!

Algo debió pasar porque el pequeño cuerpo de mi compañera desapareció entre la masa de gente.

Taquicardia.

Pánico.

"Tranquilo, solo has de encontrar a Amelia y volver al hostal...que no sabes dónde está pero podrás encontrarla" eché un vistazo a mi alrededor... "no! no! está todo perdido, aquí dentro debe estar medio Estambul", empecé a caminar nervioso, "aaahh!... ese hombre parece sonriente, seguro que querrá ayudarme". Me presenté:

_ Hola, yo ser..._ y antes que pudiera acabar la frase me contestó

_ Oh, ¿italiano? ¿español? especias amigo, tés del mundo, inciensos amigo...

_ Jeje...no, no, verá..._ volvió a cortarme, me cogió del brazo y me metió en un local en el que apenas cabíamos los dos, empezó a destapar potes con polvos de colores y a ponérmelos en la nariz.

_ Cardamomo, curry indio, incienso iraní, only seis turkish lira amigo, only, ¿de dónde de España amigo?

Estornudé. El hombre no me daba tiempo para responder a ninguna de sus preguntas, hice un movimiento brusco y conseguí librar mi brazo de su manaza, salí del pequeño puestecillo mientras el vendedor me gritaba algo que yo no entendía, terror, empecé a correr todo lo deprisa que pude, me detuve para descansar y coger aire, se me acercó otro hombre sonriente.

_ Hi, ¿can i help you?, clocks, ¡ah español!, relojes, tengo Rolex, Viceroy...

Volví a huir, esta vez más deprisa y más angustiado "¡¡Ameliaaaa!!". Tan desesperada y desordenada fue mi huida que de pronto tropecé con algo, durante el incidente no fui capaz de descifrar nada de lo que me rodeaba. Me incorporé y me di cuenta de que estaba en una habitación tranquila, no solo había alfombras en el suelo, sino que también había alfombras en las paredes y en el techo, otro turco sonriente me miraba, yo no dije nada, y él empezó a hablarme en su lengua, asentí en silencio y me dio un té, empezó a desenrollar alfombras delante mío y  decidí que había encontrado un buen lugar, ahí estaba a salvo del terrorífico bazar.

Y pasaron las horas, el hombrecillo de las alfombras seguía desenrollando y enrollando telas, y yo seguía mirándole, asintiendo en silencio y bebiendo té.

Una mujer entró en la habitación y, de forma automática, la saludé en español, ella respondió:

_ Hola mi hijo, ¿qué hace usted aquí?

_ Pues no tengo ni idea, pero este hombre me da té y aquí se...un momento...¿hablas español?

_ Sí, soy ecuatoriana, ese hombre es amigo mío y quiere venderte alguna alfombra. ¿Cual quieres?

_ Ninguna...

_ Comprendo_ habló con el turco en un idioma que no entendí y el hombre me miró con rabia, me dijo algo que tampoco entendí y me dio la espalda.

_ No te preocupes_ me dijo la ecuatoriana_ ¿dónde duermes? yo trabajo en un hostal en Sutanhammed.

"Estoy salvado" pensé "podré volver al hostal sano y salvo... Amelia, te echaré de menos, fuiste una gran compañera"

La mujer se despidió del turco y salimos juntos del local, el bazar se había vaciado, ya era tarde y habían encendido el alumbrado eléctrico, por las arcadas que nos separaban del exterior ya no entraba luz natural. De pronto nos tropezamos con Amelia, llevaba en las manos al menos seis bolsas llenas de dulces.

_ ¡¡Amelia!!_ dije sonriendo_ Llevo toda la tarde preocupado por ti, te estaba buscando, ¿dónde estabas? ¿estás bien? ...que alegría Amelia, ya me veía toda la noche buscándote je je,.. mira te presento a una amiga _ dije señalando a la ecuatoriana _ ella es..._ no lo sabía pero se presentó ella sola.

_ Marlene, hola mi hija, ¿cómo está?

Marlene llevaba unos meses viviendo en Estambul, en el tranvía nos conto su historia. Después de vivir más de diez años en Portugal ahora no la dejaban entrar, parecía que su solución solo necesitase tiempo, ya que no era más que un proceso administrativo, pero por el momento la situación le había obligado a vivir en Turquía durante unos cinco meses, por suerte había encontrado trabajo en un hostal de Sutanhammed.

Amelia le contó el motivo de nuestro viaje.

_¡Glorio!_ exclamó Marlene_ ¿el muñeco de palo?, le conozco, nos hicimos muy amigos, pero ya no está en Estambul.

_¿¿Dónde??_ saltamos Amelia y yo, casi a la vez.

_ Hay mi hijo, en el hostal donde trabajo lo saben, ¿cómo era?, déjenme mirar... porque por aquí tenía un folleto que...a sí!

_¿¿Dónde??_ repetimos al unísono.

_ No se lo voy a decir aun, porque quiero que vengan a cenar conmigo.

Y así se hizo, Marlene nos preparó una de las pastas más deliciosas que nunca habíamos comido y nos alegró la noche con su conversación divertida y su actitud positiva, su sueño era montar un restaurant en su país y estar con su familia para siempre.

Yo no tenía ni idea de donde podía estar su país, ni porque habla español, pero en todo momento supe mantenerme a la altura y dije cosas como estas:

_Sí, Ecuador, oh!, precioso Marlene...y muy buena gente. En España tenemos de todo, un día, cuando tengas un momento, podrías cogerte un autobús desde tu pueblo y venir a vernos...

Tan agradable fue todo que cuando estábamos listos para irnos Marlene nos detuvo y nos dijo:

_ Glorio se fue a la Capadoccia

Tardamos algún instante en reacccionar, pero finalmente comprendimos.
"Capadoccia, ¿eh?"  murmuré para mis adentros, "suena a Catacumba, eso ha de ser peor que África".


Y así fue como el destino postró nuestras andaduras sobre el rastro de nuestro amigo. Gracias a mi dedicación, a mi empeño y a mi perseverancia estamos más cerca que nunca de su paradero. Que nadie se alarme, en breve os traeré de vuelta a Glorio.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Capítulo I

Mi madre quiso llevarnos al aeropuerto en el coche de papá. Amelia y yo nos sentamos en los asientos de detrás, de pronto nos preguntó con tono retraído:

_¿Encontraréis a Glorio verdad?

Yo no tenía ninguna duda de mi sagacidad ni de mis capacidades. Alargué la mano y , apretándole el hombro, le dije:

_Podría una aguja encontrar un pajar en el que_ me detuve unos segundos para rectificar,  continué_ será mas fácil que encontrar una aguja en un..._reflexioné, ¿era al revés no? eso ¿era fácil o difícil?

Amelia soltó una carcajada solitaria y maliciosa, un simple "¡ja!", como diciendo "qué idiota eres". Estaba enfadada por una conversación que habíamos tenido unas horas antes, mientras preparábamos la mochila. Como de costumbre ella había decidido hacer mi equipaje y en esas estaba cuando me dijo:

_Te pongo el polar, el chubasquero, la chaqueta gruesa y los guantes, ¿vale?

No sé como se me había ocurrido dejarla sola con ese tema.

_ ¡Ni hablar! vamos a África Amelia, eso significa: Sol, desierto, mucho calor, negritos, bambú y, sobre todo, muy poca lluvia..

_ Estambul es Europa, está algo más al norte que Barcelona y...

Ni idea de que me estaba diciendo pero yo ya había vaciado la mochila que ella, ingenua, me había estado preparando durante la mañana.

_ Trae más botellas de agua mineral Amelia, aquí solo hay tres _ le solté

Ese era mi plan, llevar víveres, nunca se sabe que te puedes encontrar en estos países y hay que pensar en las necesidades básicas. Amelia no me trajo nada y desde entonces estaba de morritos, ¿qué le vamos a hacer? es orgullosa.

Cuando llevábamos unos minutos en el avión decidí romper el hielo.

_ ¿Qué se le habrá perdido a Glorio en Turquía?

Amelia me miró de reojo y me contestó con un escueto "No sé". Sólo había una manera para que se le pasara el enfado, le pedí un chocolate caliente y después de su tercer sorbito empezó a hablar:

_ Mientras preparabas tu ... ejem ... equipaje he mirado por última vez en el escritorio de Glorio y me he encontrado un post it con dos nombres: India y Kazajstán

_ ¿Electrodomésticos?

_ Son países.._ se retuvo, me quería decir algo más, su mirada rabiosa me advertía. Esperó a que pasaran algunos minutos, respiró hondo y continuó:

_ También encontré un plano de Estambul en el que habían dos marcas, una señala el consulado de India y la otra el de Kazajstán, así que mañana podríamos pasarnos por estas direcciones, quizás saben algo de Glorio, preguntaremos en la recepción del hotel como llegar.

_ Ummm... _ Mi idea era enseñar un dibujo de Glorio a la gente que nos encontrásemos, pero el plan de Amelia no me parecía mal, aun y así, algo en su explicación me inquietó, por lo que dije:

_ jeje, buena idea Amelia...¿hotel? _ No dijo nada pero volvió a mirarme como hacía solo un rato.

Mientras esperábamos para recoger el equipaje me fijé en lo que me rodeaba. La verdad es que el aeropuerto de Estambul no está nada mal, electricidad, climatización y lo más sorprendente, nada de bambú. Mi mochila se acercaba pero parecía algo más pequeña. Al cogerla me di cuenta de que estaba casi vacía y absolutamente empapada. Amelia me miró con una mueca divertida y me dijo:

_ La presión del avión a hecho que reventaran tus botellas de agua mineral, ja ja

_ ¡No!

Era cuestión de vida o muerte, me agaché desesperado y abrí la maleta, ¡maldición!, todas las botellas estaban vacías, ¡nos moriríamos de sed!, empecé a sorber apresuradamente las telas de la mochila mientras el resto de pasajeros se apartaba de nosotros.

En todo ese proceso empapé mis tejanos y ensucié mi camiseta pero calculo que quizás pude recuperar algún mililitro de agua.

Salimos del edificio, ya era de noche, eso explicaba la oscuridad pero... ¿y ese frío? empecé a tiritar bajo mi ropa empapada. Parecía que algo de toda esta situación divertía muchísimo a Amelia porque apenas podía aguantarse la risa. Yo preferí no decir nada al respecto.

Una vez acomodados en el autobús que nos acercaría a Sultahamed comentamos que cuando amaneciese tendríamos que ir al Gran Bazar para comprarme algo de  ropa abrigada.  Amelia me comentó que Sultahamed es una de las muchas zonas turísticas de Estambul, un barrio antiguo atestado de callejones húmedos y oscuros que te conducen a decenas de monumentos y bal bla bla.

La escuché a medias, estaba más atento a lo que veía por la ventana: tráfico, muchos edificios y muchísima gente en la calle. La verdad es que Estambul se parece más a Barcelona que al poblado de chavolas que me había imaginado. Al bajarnos del autobús volví a sentir el viento helado.

Empezamos a preguntar en los abundantes hostales y hoteles de la zona pero hasta las tres de la madrugada no encontramos ninguna habıtacion que nos interesase (de menos de 30 euros). Finalmente pudimos acostarnos.

Estornudé, entré en calor, empecé a dormirme como un becerillo y...

...tranquílidad...

...oscuridad...

...relax...

_SABRA JAAAAAAAAAAA!! ALHAAAA MA AAAAAAA! LABRAJAAAA......

Un canto diabólico nos despertó!. Amelia me miró desde su cama y me dijo:

_Es la mezquita musulamana, tenemos tres cerca, y cinco veces al día emiten sus oraciones por los altavoces.

Lo que faltaba: musulmanes. No dormí muy bien esa noche.
   
Y así fue nuestra llegada a Estambul, gracias a mi perseverancia y mis capacidades pudimos llegar sanos y salvos a nuestro destino. Podéis estar tranquilos, confiad en mí, en breve encontraré a Glorio.

Hemos colgado alguna foto de Estambul en `info práctica`.

jueves, 7 de octubre de 2010

Introducción

Algo terrible había pasado en casa antes de que me despertara. Mi madre estaba muy nerviosa y ni Amelia ni yo entendíamos nada. Nos arrastró a los dos, aun en pijama, a la habitación de Glorio y nos miró de forma suplicante.

Enseguida comprendí que debía investigar, mi agudo olfato me avisaba: algo raro estaba pasando, solo tenía que descubrir de qué se trataba.

_Umm…_dije, rascándome la barbilla con la mano mientras miraba muy concentrado hacia las cuatro paredes del dormitorio. Dejé que pasaran unos segundos y empecé a pensar en voz alta:

_Se ha hecho la cama…_ señalé el pulcro colchón_ eso no es propio de Glorio…además ha subido las persianas…eso tampoco suele hacerlo…

Noté que una mano, probablemente la de mi madre, me cogía del hombro para llamar mi atención, la aparté sin más, no era conveniente que nada ni nadie me interrumpiera y mi madre no paraba de hablar, aunque yo no le prestara atención.

Me acerqué al armario y lo abrí de par en par.

_ A ha!,_ grite entusiasmado_ aquí está mi camiseta verde, la del pollo y el conejo, la que compré en Tailandia, es mi favorita y no la encontraba, ¡sabía que Glorio tenía algo que ver!

Curiosamente era la única prenda del armario, pero ese era un detalle menor. Seguí investigando.

_Sabéis si Glo…_ no acabé la frase, supuse que ni mi madre ni Amelia serían capaces de entender mis complicadas deducciones.

Me tiré al suelo y miré debajo de la cama, mi madre estaba diciendo algo de nuevo pero yo no la escuchaba, mis pensamientos ocupaban todos mis sentidos y no estaba para tonterías. No encontré nada, pero eso podía ser otra señal, algún tipo de pieza invisible para algún tipo de complejo rompecabezas o algo así. Di un brinco para levantarme.

Los ojos de mi madre me miraban de forma furiosa, yo me reí y le dije, animosamente:

_Sí mamá, ya sé, ya sé, a mí también me parece increíble que Glorio sea así de pasota y nos deje a nosotros tres en su habitación, como idiotas, intentando resolver un misterio que ni siquiera conocemos…

_ Glorio se ha ido_ me interrumpió secamente_ es la cuarta vez que te lo digo, ha dejado esta nota_ y me enseñó un trozo de papel firmado por Glorio en el que ponía:

"Me voy"

_ ¡Sabía que pasaba algo mamá!, ahora solo he de descubrir dónde ha ido ese, ese..._ no podía encontrar el adjetivo pero me volvió a interrumpir.

_ Antes de que empieces a investigar esa cuestión, hijo, te informo de que ha dejado la impresión de su vuelo en el recibidor, al lado de la nota, vuela hacia Estambul, Turquía.

_ Con que a África ¿eh?

_ Turquía está en Europa_ respondió, la habitualmente sabelotodo, Amelia_ o en Asia si quieres discutir.

_ Sí, en Europa, ja ja, y la Atlántida es un río en vez de un país ja ja. Amelia… déjate de geografía y búscanos un vuelo a Estambul, para los dos, hay que encontrar a ese desagradecido, ¡cuánto antes! !no hay tiempo qué perder!

Amelia obedeció, y aunque había vuelos para antes, no nos los podíamos premitir así que nos compramos dos billetes para el próximo 16 de octubre.

De esta forma, gracias a mi perseverancia y agudeza, empezó nuestro viaje en busca de Glorio.